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La marca de Dios (Mensaje Completo)

La marca de Dios

ESCRITO POR: admin ESCRITO EL: 02/26/10 16:34:34

El proceso espiritual que nos lleva a experimentar la santidad es en el que convergen dos elementos esenciales. El primero, la gracia de Dios que nos toca y nos imparte la semejanza de Cristo. Y el segundo nuestra voluntad que se rinde al Señor y nos mueve a tomar las decisiones necesarias para alcanzar los cambios que anhelamos.



Jamás tocaremos las alturas de la santidad de Dios sin que Él sea quien la imparta. La obra perfecta de Cristo en la cruz es la fuente de la que emana tal bendición. Su sacrificio substitutivo por nuestros pecados y su resurrección victoriosa aseguran a los creyentes la dicha de gustar de la piedad (la expresión del carácter divino) durante nuestra presente vida.

Lo anterior, sin embargo, no elimina nuestra responsabilidad de buscar la santidad y la transformación espiritual. Somos colaboradores de Dios en este proceso. Por la misma gracia que recibimos de Dios, atendemos al llamado que Él nos hace para caminar hacia la sanidad y la restauración.

El joven Jacob buscaba la bendición de su padre y la consiguió finalmente. Para lograrlo, engañó a su familia. Su búsqueda era sincera, quería romper con el estigma que conllevaba su nombre que era una expresión de la miseria espiritual y de la corrupción de su carácter.

Una vez escuchada la bendición de Isaac, Jacob fue enviado a buscar esposa. El favor de Dios estuvo sobre él bendiciéndolo en todas las áreas, pero llegó el momento cuando el Señor lo llamó a volver a casa de sus padres. El "suplantador" llega a una encrucijada para alcanzar el cambio.

Quiero invitarte a observar cuatro pasos que puedes dar para encontrar una relación íntima con Dios y un lugar de sanidad para tu alma. Los siguientes principios revolucionaron mi vida y fueron una parte importantísima de la estrategia divina para traerme a un lugar de madurez y paz.


1. Cierra los capítulos inconclusos.

"También Jehová dijo a Jacob: Vuélvete a la tierra de tus padres, y a tu parentela, y yo estaré contigo" (Génesis 3I:3).

Para poder sanar las brechas emocionales y descubrir una verdadera libertad, tendremos que entender el "lugar" en nuestra vida donde fuimos marcados. Es probable que esa "marca" fuera causada en nuestro propio hogar. La vida funciona de tal manera que no puedes alcanzar tu madurez a menos que resuelvas el lugar de tus principios.

Para alcanzar el potencial de Dios en ti, debes identificar los capítulos inconclusos de tu niñez y adolescencia con el fin de enmendar errores y sanar heridas.

La historia de nuestra raza se definió trágicamente en el Jardín del Edén, pues en ese lugar el hombre decidió hacer su propia voluntad y romper su relación con el Creador. Para cambiar el curso de nuestra historia, Dios tuvo que volver a un jardín (Getsemaní) en el cuál Jesús (Dios-hombre) tomó el lugar de todos nosotros para rendirnos nuevamente a su voluntad.

En la Navidad del '95, nos reunimos en familia para compartir una cena. Oscar, mi hermano mayor y su esposa, así como mi hermana Giselle y Rodrigo mi cuñado, pasamos un momento sumamente especial.

El teléfono sonó y Oscar tomó la llamada. Pronto me di cuenta que era papá quien quería saludarnos. Le hice señas a mi hermano para que me dejara hablarle. Luego de saludarlo, lo invité a venir a lo que contestó negativamente. Tuve que insistirle que no tendría problemas con mamá y que yo era quien quería tenerlo en casa. Aunque hacía más de diez años que no vivíamos con él, papá acostumbraba vernos de vez en cuando.

Finalmente vino Y comió con nosotros. Mientras cenaba, pude reconocer la voz del Señor que me indicaba obedecerlo. Muchos meses atrás comencé a sentir la inquietud de poder hablar con papá para resolver algunos asuntos inconclusos en nuestra vida y el Señor me había indicado que Él me daría el momento. Pocos minutos después de haber terminado de comer, papá nos dijo que se marchaba presuroso. Sin más, me ofrecí a llevarlo a su casa.

Aunque al principio nos costó un poco, conforme nos acercamos a su casa llegamos al punto de entablar un diálogo sincero y profundo. Papá me daba las gracias por haberme hecho cargo de la familia y se disculpaba por no haberme ayudado como debía. Para mi asombro abrió el corazón contándome los pormenores de la crisis que terminó con su matrimonio.

Tenía ante mí a un hombre arrepentido, y delante de él uno que sentía compasión. Fue nuestra primera conversación de hombre a hombre.

-Hijo, tengo una deuda contigo y con tus hermanos-, dijo al final. -Papá -le dije- no nos debes nada, hay uno que ya saldó la deuda por ti. Todos en casa te amamos y te hemos perdonado. Todo está olvidado.

Lo abracé y nos despedimos. Un capítulo importante de mi vida se cerró... esa Nochebuena.
El proceso de ofrecer y recibir perdón sella lo que Dios desea hacer para que crezcamos e iniciemos una nueva etapa en nuestra vida como príncipes con Dios, como gente que gobierna y que alcanza madurez en el Señor.

2. Acepta la confrontación de otros.

Jacob sabía que volver a la casa de su parentela significaba encontrarse con Esaú. Su hermano era la suma de sus errores y la personificación de las grietas de carácter con las que luchaba. Dios trajo a Esaú como un mensajero de confrontación.

"Y los mensajeros volvieron a Jacob, diciendo: Vinimos a tu hermano Esaú, y él también viene a recibirte, y cuatrocientos hombres con él. Entonces Jacob tuvo gran temor (...) Y dijo Jacob: Dios de mi padre Abraham (...) Líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le temo..." (Génesis 32:6-7, 9,11).

Dios permitió que Jacob fuera confrontado con sus errores del pasado. Dos personas fueron usadas por Dios para ello: Esaú y Labán.

Las personas y circunstancias no cambian por sí solas lo que hay en nuestro corazón. El cambio lo produce nuestra actitud ante esa confrontación.

A menudo, las personas más cercanas a nosotros son las herramientas que el enemigo usa para herirnos. También aquellos con quienes tratamos diariamente son los mensajeros divinos de confrontación. No los pedimos, es más, si pudiéramos, nos libraríamos de algunos.

Una pobre mujer desesperada por la agonía de una vida miserable junto a su esposo oraba: "Señor, o te lo llevas o te lo mando". Muchas veces, cuando oramos para que Dios cambie a esa persona que nos irrita, recibiremos la respuesta del dedo divino señalándonos y diciendo: "Tú eres el que más necesita ese cambio".

Hay otra forma en que podemos beneficiamos de la confrontación. La Biblia nos enseña en Proverbios 27:17 que los amigos son instrumentos de Dios para pulir nuestro carácter. "Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo".

Todos necesitamos contar con amigos y ministros a quienes rendir cuentas. Una de las necesidades más grandes que tenemos los que servimos a Dios es la de establecer vínculos con hombres y mujeres piadosos con quienes compartir nuestras luchas, y de quienes recibamos consejo y exhortación. Si queremos cambios necesitamos dejar el aislamiento espiritual y confiar en otras personas.

3. Descubre a Dios en tu soledad.

Jacob decidió dividir a su pueblo. Lo envió como caravanas delante de él con regalos para Esaú, tratando de encontrar gracia frente a su hermano. Luego se quedó solo: "Así se quedó Jacob solo..." (Génesis 32:24).

Las cosas trascendentales en la vida de un hombre suceden en la soledad que hay en la presencia de Dios. La mayor escuela de cambio no sucede en la multitud de una conferencia ni en la vida social de la iglesia.

Moisés pasó años de "soledad" en el desierto y allí se encontró con Dios. Igualmente David, que aprendió a ser un adorador a través de sus largas vigilias en soledad. Ana fue estéril hasta que decidió ir sola al templo y desnudar su alma en la presencia de Dios, y allí, en la "soledad", encontró paz y cambio. Asimismo en la "soledad" Jesús fue tentado, pero también allí obtuvo victoria para nosotros.

Necesitamos encontrar a nuestro Señor que está en la soledad.

"Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensar en público" (Mateo 6:6).
El cristianismo nos promete colocarnos en el punto donde nuestro padre Adán perdió la batalla para que recuperemos lo perdido. Allí abriremos los ojos y frente a nosotros encontraremos los enormes ojos del Padre mirándonos con asombro, como la primera vez que Adán lo vio. Solos, uno frente al otro, miraremos nuestra imagen reflejada en sus ojos, y Él, sonriente buscará la suya en nuestra mirada. Como un Padre que al contemplar por primera vez a su recién nacido, llora sorprendido al descubrir su semblanza en la faz de un bebé.

La oración a solas es el lugar donde conocemos al Padre que está en lo secreto, y a la vez descubrimos que somos sus hijos amados.



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